Unos días en la aldea,
y todo seguía igual.
Solo los árboles crecen
como si quisieran tocar el cielo.
Crece y crece el monte,
y extiende su manto verde
acercándose con peligro
a los hogares del lugar.
Nadie lo cuida.
Abandono total de quien le compete.
Mucha sequía en el ambiente.
El suelo se quejaba por doquier,
necesita urgente que llueva
para aliviar su sequedad.
Eso sí,
hacía unos días preciosos
de limpios y azules cielos.
Ni una nube por sus puntos cardinales.
Y yo allí, como todos los años,
en silencio, mirando por la ventana,
escuchando los pájaros
escondidos entre la fronda
al alivio del frescor matutino.
Pero... todo seguía igual,
menos el río que parecía fenecer.
La sequía lo ha dejado mudo
y sus cuatro gotas, hoy,
perdidas en la jungla verde
de sus orillas.
Pero, todo seguía igual,
el mismo paisaje,
el mismo perfume,
el mismo silencio.
Silencio, tanto silencio,
que se oían las palabras
de mis pensamientos.







