La senda de la vida recorro sin mi amor,
el trayecto se hace largo, insustancial.
Es aciago andar el camino para llegar a la estación
donde espero todos los días mirando pasar el tren,
atenta al viaje de un viajero que no llega.
Y es que partió muy tarde…
con sus ojos bordados en el pasado
del que no se puede descoser.
Y yo, aquí me encuentro,
vestida en su corazón
con la mirada perdida en el horizonte,
enhebrada a un banco de madera,
mientras otro tren se aleja
por las vías del olvido.
Me quedo abstraída en las esferas de vapor
de la vieja máquina,
que se abrazan a las nubes para llorar y reír juntas,
hasta diluirse en un cielo azul
cuando brille el sol para siempre.
Miro el reloj del anden,
¡han dado las cuatro!
y pienso:
Mañana volveré… por si acaso.

















