Un día cualquiera
en mi jaula de verano…
Árboles por doquier,
tarde tranquila y suave,
un reloj en la pared
que rompe el silencio ensordecedor
con el tic tac,
pulso de los segundos solitarios,
como la respiración sosegada
e interrumpida por algún suspiro
o pajarillo que aletea de rama en rama.
Las hojas brillan con los últimos rayos de sol
y se mecen en un cálido vaivén
antes de que llegue lo sombrío.
Las abejas y avispas se recogen.
Alguna mariposa todavía danza
con sus frágiles alas
en los trévoles de la pradera,
y los insectos más pequeños
hacen su aparición molesta
cuando ensombrece la tarde.
Refresca,
el calor del día desaparece por arte de magia,
lo noto en mi estancia
mientras ojeo de vez en cuando
por el ventanal.
Recuerdo, o ya ni recuerdo,
¡hace tanto tiempo!…
Veo la luna que saluda al sol,
y yo, pensando como terminar
este transcurrir.
Solo sé,
que se acerca la noche mordiendo el día
con sus dientes perlados de estrellas,
y el silencio sobre el silencio
hace eco en las aldeas,
donde las pequeñas luces hogareñas
emularán en la lejanía a las luciérnagas.
Este momento de sensaciones,
se apaga…
y sin pretenderlo,
comenzarán en la oscuridad los sueños
de una primavera que ya no existe,
mientras la noche abre los ojos
con sus brillantes pestañeos.

























