Miro mis manos,
y veo como el tiempo
ha diluido su lisura.
Ya no lucen primaveras,
ya nunca lucirán bellas.
Sus huellas son profundas,
pobladas de ecos
que resuenan los oídos
cuando las recuerdo
marcando el curso de una vida,
donde no han cesado de volar
entre sol y nubes, en el camino.
ya nunca lucirán bellas.
Sus huellas son profundas,
pobladas de ecos
que resuenan los oídos
cuando las recuerdo
marcando el curso de una vida,
donde no han cesado de volar
entre sol y nubes, en el camino.
Laboriosas como abejas,
dulces como la miel,
suaves como el algodón
y también...
hoscas y frías como una noche de diciembre.
Ellas marcan una edad imborrable.
Las miro y vuelvo a mirar,
y recuerdo las de mi madre
que yo miraba con frecuencia
notando como envejecían,
y una triste sensación me invade,
mientras las campanas de la memoria
tocan melodías de bronce.
y una triste sensación me invade,
mientras las campanas de la memoria
tocan melodías de bronce.
Mis manos, a las que mojaron
todos los vientos
a lo largo de muchas estaciones.
Sentada en esta estación maravillosa
rodeada de agua, brisa y sal,
contempló como el sol se esconde
entre un suave tatuaje de colores,
y me embriago de sentires.








