Abrazada a lo inconsciente
pasa la vida,
un día tras otro
restando horas,
camino de un final
que no se sabe cuando ha de llegar,
pero que llegará
aunque me esconda tras la niebla
de mis pensamientos consentidos.
En aquel momento se quedó
la mente distraída
al ver unos pajarillos
delante de mi ventana,
dando saltos, moviendo su colita,
y picoteando entre la hierba.
Era una mañana suave
de cielo ceniciento.
Nubes altas y traslucidas
dejaban pasar la luz del sol
que intentaba calentar
aquel silencio en la aldea.
¡Había tanto silencio!
que no me dejaba pensar,
me distraía su mutismo;
incongruencia que estudio
y no hayo respuesta.
Quería seguir
dibujando palabras
en los renglones.
Tatuar con letras
la luz y las sombras del aire
y pintar con ellas
los misteriosos rincones,
como pintó Monet con sus pinceles
la luminosidad de los colores.
Pero me quedé en pausa,
y las letras volaron de mi mente
cual pájaros...
y pensé:
Quizás mañana,
u otro día,
si el sol me regala su fulgor,
y los pajarillos no me distraen
con sus aleteos,
podré hilvanar algunas palabras
para cantarle a lo más bello:
La vida, el amor y la naturaleza




















