Llueve,
y el cielo tiene un solo color.
Ese color que ensombrece
un poco el corazón
contagiado por el gris que observa.
La tierra bebe,
los árboles y sus hojas
salpicadas de colores, lloran,
no se sabe si de alegría o de tristeza.
Presagian el frío.
Sus ramas quedarán desnudas
alfombrando peligrosamente
las aceras de la ciudad,
mientras el viento
ha de jugar con las hojas
que vistieron su primavera.
Un ciclo,
una estación más.
También los cuerpos cambian,
la piel se frunce,
envejece por el anochecer de la vida
que la desviste de su belleza.
Un espejo refleja la realidad,
esa realidad que se aprecia
en la naturaleza;
pero ella,
renovará su esplendor
cuando vuelva a sentir
los brotes en primavera.
A la piel solo le quedará
el susurro de los buenos años
y el aroma de la juventud...
en el corazón,
donde nunca se marchita.


















