Un ojo de la noche entra por mi ventana,
curioseando los infinitos minutos
que se van sin decir nada.
Es hora de dormir
en esta cálida estancia
donde todo está bien
a pesar del frío y las heladas.
El corazón no tiene que decir,
tampoco las palabras
ni escritas, ni habladas.
Echo el último vistazo
a la noche despejada.
Todo es silencio,
solo el escaso viento
acuna las ramas desnudas,
y el semáforo de la esquina
baila con sus pequeños colores
al ambiente gélido, y sosegado.
Las inmóviles vidrieras
se van apagando
con la sombra del sueño.
Los instantes en este letargo
pasan cada vez más lentos
esperando el alba,
donde la velocidad de las horas
con los mismos minutos
aumentará,
hacia un lugar no deseado...
Un ojo de la noche
curiosea por mi ventana,
y después errante,
la veo caminar hacia el albor
perdiéndose en los sueños.





















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