
En un atardecer cálido de un día de verano,
mientras el sol regalaba sus últimos rayos
al espejo cristalino de una lágrima gigante,
noté mi corazón sereno,
porque acuné tu recuerdo y se durmió.
Disfruté entonces de todo el esplendor que me rodeaba,
la mente libre de ti,
mis oídos sordos a tus palabras seductoras,
y mis ojos cerrados para aislar mis pensamientos.
Volé entonces con la mirada,
y despierta de sueños:
Viví un paisaje pintado con los colores
de un ocaso que emocionó mi corazón,
¡y mis quimeras de amores no te llamaron!.
Al fin, mi voz descansa,
mis fantasías cesan,
dejando este cuerpo suspendido en un crespón verde,
hasta volverme luciérnaga
para lucir por la noche como estrella,
y apagar el lucero que me quema…
y apagar el lucero que me quema…





















