¡Vendrás conmigo!, dije,
y la voz sonó en el aire
bajo un cielo sin huellas.
Solo las flores y los pájaros
escucharon mi sonido.
También las campanas tras el monte
en una ermita donde duerme
el cuco en su pequeña torre.
¡Vendrás conmigo!, dije,
Y la voz se perdió entre árboles
que crecen sin concierto y sin tino,
y no veo el cerro alto coronado de robles
donde se forjan y mueren los sueños
de los montañeros por los caminos.
Amanece, el alba y yo desde mi almohada,
insomnes;
es el silencio que hace ruido
y nos despierta cuando el reloj
todavía está dormido.
El sol aflora tímido en mi ventana,
¡y ya no vendrás conmigo!,
porque el día comienza
mientras pienso y me despabilo
en una mañana más allá del horizonte,
donde se adivinan los campos de trigo y girasoles
de la vieja Castilla, en el estío.
Hace aire,
bailan las hojas mientras sonríe el viento
y yo, los miro,
porque ya no puedo cerrar los ojos…
la voz de los pájaros comienza
y el perfume a hierba fresca
que dejó el color de la luna,
aroma los sentidos.
Es el alba en el monte
antes que se despierten las horas.






